Un verano en Toronto que cruzó el Atlántico: la historia de Íñigo y Rob
- martasordoruiz
- hace 5 días
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Hay cosas que solo pasan cuando te lanzas, cuando reservas el billete, haces la maleta y decides que este verano va a ser diferente. Íñigo lo sabe bien. En el verano de 2019 cogió un avión hacia Toronto sin saber muy bien lo que le esperaba. Lo que no podía imaginar es que ese viaje iba a cruzar el Atlántico en sentido contrario cinco años después.
Esta es su historia.

Valladolid, primavera de 2019
Íñigo llevaba tiempo pensando en mejorar su inglés de verdad. Desde niño había viajado al Reino Unido y había convivido con familias del país, asistido a colegios e internados ingleses, pero le apetecía conectar con personas de otras partes del mundo.
Marta le buscó una nueva opción para el verano. La propuesta fue clara: un curso de verano en Hamilton, Toronto, en familia anfitriona, con clases intensivas por las mañanas y diversas actividades y excursiones por las tardes.
Canadá tenía algo especial: una ciudad multicultural, anglófona, abierta, con un acento neutro perfecto para aprender. Y Íñigo dijo que sí.
El primer día en casa de Rob
La familia anfitriona la asignó Marta con el criterio de siempre: compatibilidad. No es solo cuestión de que haya una habitación libre, es cuestión de que el alumno se sienta en casa.
Rob recibió a Íñigo con los brazos abiertos. Primera sorpresa: era un profesor de música que vivía solo, con su perro. Segunda sorpresa: tenía sentido del humor. Y el humor, en otro idioma, es lo último que se aprende — y lo primero que crea conexión real.
En esas semanas, Íñigo iba a clases por las mañanas, volvía a casa de Rob para cenar juntos y por las tardes exploraban la ciudad o quedaba con otros alumnos del curso. El inglés dejó de ser un objetivo y se convirtió en una herramienta.

Lo que nadie te cuenta de un curso de verano en el extranjero
La gente que nunca ha hecho un curso de verano de inglés en el extranjero suele pensar que es básicamente unas vacaciones con un par de clases. La gente que sí lo ha hecho sabe que no es eso.
Es inmersión total. Son ocho horas al día en las que el español no existe. Es volver a casa de tu anfitrión y tener que explicarle cómo te ha ido el día, qué has comido, qué has visto — y hacerlo en inglés, con el vocabulario que tienes, buscando las palabras, equivocándote, corrigiéndote. Es incómodo al principio. Es exactamente lo que necesitas.
Toronto como ciudad, Toronto como experiencia
El curso no era solo el aula y la casa de Rob. Toronto puso su parte.
Es una de las ciudades más diversas del mundo — más del 50% de su población nació fuera de Canadá. Eso significa que el inglés convive con decenas de idiomas y culturas, y que nadie te mira raro por tener acento. Nadie te juzga si te equivocas. La ciudad entera funciona como un entorno de práctica seguro.
Íñigo visitó muchísimas partes de la ciudad y alrededores: las cataratas del Niágara, acudió a ver un partido de béisbol, visitó Iroquois Indian Village, la CN Tower, Dundurn Castle… hizo rafting en canoa en el Grand River e hizo amigos de diversas partes del mundo.
De Toronto a Valladolid: el reencuentro
El verano terminó. Íñigo volvió a Valladolid con el certificado del curso, el nivel notablemente mejorado y algo que no estaba en el programa: una amistad real con Rob.
Siguieron en contacto. Mensajes por WhatsApp, alguna videollamada. Rob preguntaba por sus estudios, por su familia, por si seguía practicando el inglés. Íñigo le contaba cómo era Valladolid, le mandaba fotos, le hablaba del vino de la Ribera del Duero.
Y en 2024, Rob compró un billete a España para reencontrarse con Íñigo y su familia.
Le enseñaron la ciudad, le llevaron a comer tapas, a visitar rincones y monumentos que le sorprendieron. El anfitrión que cinco años antes le había recibido en Toronto con paciencia y sentido del humor ahora era su invitado en casa. El intercambio se había invertido — y ambos lo vivieron como algo completamente natural.

Lo que un curso de verano puede llegar a ser
La historia de Íñigo y Rob no está en ningún folleto. No es el tipo de resultado que se puede garantizar ni prever. Pero tampoco es una casualidad.
Pasa cuando el alumno se lanza de verdad — cuando no se queda en su cuarto hablando en español con otros estudiantes españoles, sino que aprovecha cada conversación, cada comida, cada tarde en la ciudad.
Y pasa cuando la familia anfitriona no es solo una habitación de pago sino alguien que se implica. Ese encaje no ocurre por accidente: es el trabajo que hacemos desde Marta Sordo Idiomas antes de que ningún alumno haga la maleta.
Un curso de inglés en el extranjero es mucho más que mejorar el nivel. Es la primera vez que te das cuenta de que el mundo es más grande de lo que parece desde España — y de que tú puedes moverte por él.
¿Tienes dudas sobre cómo organizar el tuyo? Cuéntanoslo. Estamos aquí.















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